En las afueras de Llerena existió en tiempos un convento de frailes descalzos, del que apenas quedan más vestigios que algunos cimientos y una noria con un caño o acueducto asotanado, que va a desembocar a la fuente del Pocito.
En dicho acueducto moraba un matrimonio encantado, que cuando salía de su angosta vivienda a la luz del sol eran metamorfoseados en gallo y gallina de oro, y en polluelos del mismo metal su también conjurada prole.
Hízose ella embarazada y llegó el instante de dar a luz. El solícito marido mandó buscar a Llerena una partera, para que la asistiese. Hízolo la comadre a las mil maravillas, y el esposo agradecido, dióle en pago de sus buenos oficios, un mandilado de astillas secas y amarillentas.
-¡Vaya una remuneración!- un poco de leña para el fuego...
Y como prendas de escaso valor, y para aligerarse de su peso, fue tirando aquí una astilla y allí otra durante el camino.
Llegó a su casa, se quitó el delantal y lo arrojó con displicencia sobre una silla; más cuando al día siguiente fue a ponérselo, cuál no sería su asombro, al encontrarse enredada en una de sus costuras una pequeña astilla, que en vez de madera era de oro puro.
Fuente: ROMERO BARROSO, Agustín."Tristán e Iseo en Llerena". Revista de Ferias y Fiestas de Llerena 1985